La larga espera

Siempre comienzo a escribir sin saber muy bien que voy a decir. Espero a que sea el papel el que me descubra (o en su defecto, la pantalla del portátil). Es increible la de cosas que sabemos y que aún no hemos descubierto. Yo hoy no se muy bien que voy a descubrir en una noche como esta. Ni siquiera sabría clasificarla ¿noche triste? ¿noche delirante? ¿noche sin luna? No lo se. Los planes solo valen para ver como se esfuman ante nuestra mirada atenta. Llevo varios días con fiebre, quizás sea por eso por lo que mi mente ande tan inquieta, bajita de defensas. Pobre.
Me paro a pensar durante unos instantes, pero solo consigo contemplar el vacio. Lo callo, tras el se esconden lágrimas que no quiero derramar. Apoyo la cabeza sobre un cojín, me relajo, vuelvo a intentarlo.
No sé si será la fiebre, pero últimamente solo pienso en escribir algo, que ni yo misma se que es. Quizás sean estos párrafos. Esta misma frase que estoy escribiendo y que esconde cada uno de los latidos que da mi corazón, mi débil corazón. Porque la vida es burlona, y tenemos que aprender a reírnos. Y las cosas nunca avisan, no las que ocurren de verdad. El mundo no tiene horarios, mi corazón tampoco, y mi mente cada día se va deshaciendo de ellos.
Cierro los ojos. ¿Qué veo en mi interior? ¿Una sombra de mi misma? ¿Un misterio sin nombre? No. Solo veo el vacio. Quizás sea una noche sin nubes.
Me cansé de esperar esas palabras que tenían que salir de mis puños y me puse a escribir esto. Porque si la vida es esperar y esperar y esperar, al menos que mis escritos en esta celda no lo sean. Aunque nadie los entienda, ni yo misma.